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Néstor
MÁS QUE MIL AMORES Como un viento del sur que llega para barrer humedades y agobios, trajo sus saberes de político y estadista a toda la Argentina. Una Argentina que estaba pérdida, naufragada y sin esperanzas. Vino con fuerza, con ese corazón y esa pasión que lo caracterizaron. Hizo del país una Patria reconocida en todo el mundo, más latinoamericana, más soberana. Incluyo a los jóvenes y les descubrió a los adultos que los sueños hay que concretarlos, tal como hizo él con sus convicciones. No le tuvo miedo a nada ni al poder de un presidente como Busch ni al del mercado ni a los militares. Vino así, único y con escaso tiempo vital, ese espacio que sabía le era poco, por eso dio tanto. Antes de irse pidió "¡Cuiden a Cristina!", porque también sabía que los desleales abundaban y hoy ya se los ve tan clarito. A mí me dejó la inmensa alegría de poder conocerlo, de ser contemporánea, de poder contar la historia desde la realidad real y de estar orgullosa y conmovida de nombrarlo MI presidente. O decirle "Querido Néstor" cada vez que una imagen suya aparece. Elijo este texto que te dejo al pie, del escritor y periodista Juan Sasturain, para que este 27 de octubre, en el que se cumple el sexto año de su descarne, los adolescentes que aún no saben quién es, o los de más edad que dicen por boca de aquellos interesados que lo denigran, puedan entender que tuvimos la felicidad de contarlo entre nosotros, así como era -y seguirá siendo- fiel a sí mismo. El supo que el secreto está en tratar de recordar que el otro, quienquiera que fuese, es importante. Y se le fue la vida en ese menester. Alicia Vicchio. - - - • EL IMPRESENTABLE texto de Juan Sasturain escrito a pocas horas del fallecimiento de Néstor (...) No conocí a Kirchner: lo voté y lo iba a volver a votar si se presentaba. Me parece que era –con todas las diferencias e incomodidades que uno, que no está en la política, tiene– lo mejor para el país real, el país de las opciones concretas. Así que, con permiso y todo el dolorido respeto, voy a ser incorrecto. Sincero, quiero decir. Un flaco feo –virola, para colmo– y con una pinta de loser que mataba. Un sujeto que era –marketineramente, digamos, perdonando la palabra– absolutamente impresentable. Y lo notable, ejemplar, festejable hasta hoy incluso, con la lástima y el dolor al día, es que ese supuesto impresentable y la mina que lo acompañaba los abrocharon. Largamente. Y cómo. Me acuerdo cuando los radicales le arreglaron hace años los dientes al pobre Casella para una elección que perdió; me acuerdo –en los noventa– de los afeites, el gato ineficaz y la avispa del Turco perverso. La moraleja es tan obvia que da hasta pudor explicitarla: saludablemente, acá todavía no siempre gana el marketing. Ni los medios. Me acuerdo, hace unas semanas nomás, de Kirchner metido en la pilcha de El Eternauta en los afiches callejeros después de zafar de una anterior a ésta en que no zafó. Qué bárbaro. Narigón irremediable como el mismísimo Oesterheld, que también ha sido enfundado en su momento por Solano en el traje de Juan Salvo, el Néstor (o lo que generaba en la gente joven su liderazgo) primereaba una vez más a la lentejísima oposición y se apropiaba con toda justicia de un ícono ejemplar del siglo. Vuelvo ahora a lo que fue la previa a las elecciones de 2003, con el padrino Duhalde buscando quien agarrara la candidatura, con Lole & Co. (una vez más) sacándoles el cuerpo a las responsabilidades, con un país en la lona y sin futuro, una papa caliente sin nada que ordeñar. El impresentable debe haber sido el tercero en la lista de los posibles contrincantes del Turco con la misma devaluada camiseta. Y allá fue. A propósito: ¿Alguien se acuerda de que Menem ganó, fue primera minoría con casi un cuarto de los votos en esa elección a la que renunció a la hora del ballottage? Memoria, plis: este flaco muerto arrimó apenas algo más del veinte por ciento de los votos –segundo, cómodo–, con el nefasto abanico de López Murphy, Rodríguez Saá y Carrió detrás, todos parejitos. Con ese capital electoral miserable –el ilegítimo Illia, cuarenta años antes, juntó lo mismo que el Turco, pero no había segunda vuelta entonces–, con ese misérrimo porcentaje, digo, que además “era-de-Duhalde”, construyó a contrapelo de expectativas y pronósticos agoreros de ser un dócil "Chirolit", su propio proyecto político, que es lo más parecido a lo que veníamos esperando desde el regreso a la democracia. Y lo hizo desde la carencia, pero con una vocación de poder y capacidad de construir que hoy, los alcahuetes y/o los cínicos enemigos del proyecto que encarnó y encarna, atribuyen (ecuánimemente) a sus respetables cualidades de “animal político”. Y es cierto. Pero Kirchner no sólo ha sabido hacer política mejor que los otros en esos términos pragmáticos (acumular fuerzas, aislar al adversario, pegar primero, tomar siempre la iniciativa), sino que la ha hecho con una dirección y un sentido genuinos, porque siempre sentimos, incluso cuando no lo acompañamos, que creía en la política –no como los economistas tecnócratas del liberalismo o los empresarios colados, que sólo creen en la lógica de la empresa o los números de los balances–, que creía en y hacía política como instrumento de cambio, como medio de acceder al gobierno para poder modificar las relaciones con el poder fáctico, y no para servirlo. Pero yo no quería hablar de eso. Quería hablar de su magnífica condición de impresentable. Y terminar con tres rasgos que cualquier imbécil asesor de imagen o de verso equivalente despreciaría: las biromes berretas con que firmaba decretos y rubricaba acuerdos; el traje cruzado fuera de moda y oportunidad, siempre; la tendencia –memorable, desde el primer día, a la salida del Congreso– a zambullirse entre la gente, sacado, regalado. La verdad, digan lo que digan, Kirchner ha sido un regalo. Generoso, cursi, incómodo, como un velero hecho de caracoles de mar puesto sobre la repisa de la patria. Uno piensa que es para tirar y resulta imprescindible, verdadero, necesario.- |
martes, 1 de noviembre de 2016
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!["Néstor
MÁS QUE MIL AMORES
Como un viento del sur que llega para barrer humedades y agobios, trajo sus saberes de político y estadista a toda la Argentina. Una Argentina que estaba pérdida, naufragada y sin esperanzas.
Vino con fuerza, con ese corazón y esa pasión que lo caracterizaron. Hizo del país una Patria reconocida en todo el mundo, más latinoamericana, más soberana.
Incluyo a los jóvenes y les descubrió a los adultos que los sueños hay que concretarlos, tal como hizo él con sus convicciones.
No le tuvo miedo a nada ni al poder de un presidente como Busch ni al del mercado ni a los militares.
Vino así, único y con escaso tiempo vital, ese espacio que sabía le era poco, por eso dio tanto.
Antes de irse pidió "¡Cuiden a Cristina!", porque también sabía que los desleales abundaban y hoy ya se los ve tan clarito.
A mí me dejó la inmensa alegría de poder conocerlo, de ser contemporánea, de poder contar la historia desde la realidad real y de estar orgullosa y conmovida de nombrarlo MI presidente. O decirle "Querido Néstor" cada vez que una imagen suya aparece.
Elijo este texto que te dejo al pie, del escritor y periodista Juan Sasturain, para que este 27 de octubre, en el que se cumple el sexto año de su descarne, los adolescentes que aún no saben quién es, o los de más edad que dicen por boca de aquellos interesados que lo denigran, puedan entender que tuvimos la felicidad de contarlo entre nosotros, así como era -y seguirá siendo- fiel a sí mismo.
El supo que el secreto está en tratar de recordar que el otro, quienquiera que fuese, es importante. Y se le fue la vida en ese menester.
@[100002390607279:2048:Alicia Vicchio].
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• EL IMPRESENTABLE
texto de Juan Sasturain
escrito a pocas horas del fallecimiento de Néstor
(...) No conocí a Kirchner: lo voté y lo iba a volver a votar si se presentaba.
Me parece que era –con todas las diferencias e incomodidades que uno, que no está en la política, tiene– lo mejor para el país real, el país de las opciones concretas.
Así que, con permiso y todo el dolorido respeto, voy a ser incorrecto. Sincero, quiero decir.
Un flaco feo –virola, para colmo– y con una pinta de loser que mataba.
Un sujeto que era –marketineramente, digamos, perdonando la palabra– absolutamente impresentable. Y lo notable, ejemplar, festejable hasta hoy incluso, con la lástima y el dolor al día, es que ese supuesto impresentable y la mina que lo acompañaba los abrocharon. Largamente. Y cómo.
Me acuerdo cuando los radicales le arreglaron hace años los dientes al pobre Casella para una elección que perdió; me acuerdo –en los noventa– de los afeites, el gato ineficaz y la avispa del Turco perverso.
La moraleja es tan obvia que da hasta pudor explicitarla: saludablemente, acá todavía no siempre gana el marketing. Ni los medios.
Me acuerdo, hace unas semanas nomás, de Kirchner metido en la pilcha de El Eternauta en los afiches callejeros después de zafar de una anterior a ésta en que no zafó. Qué bárbaro.
Narigón irremediable como el mismísimo Oesterheld, que también ha sido enfundado en su momento por Solano en el traje de Juan Salvo, el Néstor (o lo que generaba en la gente joven su liderazgo) primereaba una vez más a la lentejísima oposición y se apropiaba con toda justicia de un ícono ejemplar del siglo.
Vuelvo ahora a lo que fue la previa a las elecciones de 2003, con el padrino Duhalde buscando quien agarrara la candidatura, con Lole & Co. (una vez más) sacándoles el cuerpo a las responsabilidades, con un país en la lona y sin futuro, una papa caliente sin nada que ordeñar.
El impresentable debe haber sido el tercero en la lista de los posibles contrincantes del Turco con la misma devaluada camiseta. Y allá fue.
A propósito: ¿Alguien se acuerda de que Menem ganó, fue primera minoría con casi un cuarto de los votos en esa elección a la que renunció a la hora del ballottage?
Memoria, plis: este flaco muerto arrimó apenas algo más del veinte por ciento de los votos –segundo, cómodo–, con el nefasto abanico de López Murphy, Rodríguez Saá y Carrió detrás, todos parejitos.
Con ese capital electoral miserable –el ilegítimo Illia, cuarenta años antes, juntó lo mismo que el Turco, pero no había segunda vuelta entonces–, con ese misérrimo porcentaje, digo, que además “era-de-Duhalde”, construyó a contrapelo de expectativas y pronósticos agoreros de ser un dócil "Chirolit", su propio proyecto político, que es lo más parecido a lo que veníamos esperando desde el regreso a la democracia.
Y lo hizo desde la carencia, pero con una vocación de poder y capacidad de construir que hoy, los alcahuetes y/o los cínicos enemigos del proyecto que encarnó y encarna, atribuyen (ecuánimemente) a sus respetables cualidades de “animal político”.
Y es cierto. Pero Kirchner no sólo ha sabido hacer política mejor que los otros en esos términos pragmáticos (acumular fuerzas, aislar al adversario, pegar primero, tomar siempre la iniciativa), sino que la ha hecho con una dirección y un sentido genuinos, porque siempre sentimos, incluso cuando no lo acompañamos, que creía en la política –no como los economistas tecnócratas del liberalismo o los empresarios colados, que sólo creen en la lógica de la empresa o los números de los balances–, que creía en y hacía política como instrumento de cambio, como medio de acceder al gobierno para poder modificar las relaciones con el poder fáctico, y no para servirlo.
Pero yo no quería hablar de eso. Quería hablar de su magnífica condición de impresentable.
Y terminar con tres rasgos que cualquier imbécil asesor de imagen o de verso equivalente despreciaría: las biromes berretas con que firmaba decretos y rubricaba acuerdos; el traje cruzado fuera de moda y oportunidad, siempre; la tendencia –memorable, desde el primer día, a la salida del Congreso– a zambullirse entre la gente, sacado, regalado.
La verdad, digan lo que digan, Kirchner ha sido un regalo. Generoso, cursi, incómodo, como un velero hecho de caracoles de mar puesto sobre la repisa de la patria.
Uno piensa que es para tirar y resulta imprescindible, verdadero, necesario.-"](https://fbcdn-photos-a-a.akamaihd.net/hphotos-ak-xpa1/v/t1.0-0/s206x206/14729371_1149699615119714_8851619384906623639_n.jpg?oh=a769111cc0da58aae571c7aa4c868007&oe=58CE6FF8&__gda__=1486017085_18d8f1f7e06280448c276e45d23c4b05)
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